FERNANDO BEORLEGUI
03 de ABRIL - 01 de JUNIO
El carácter inconformista e impetuoso de Fernando Beorlegui Beguiristain confiere a su trayectoria artística una dimensión de reflexión y renovación permanente que constituye una de sus características esenciales. El legado de Beorlegui se inscribe en el contexto del arte vasco y español como una aportación singular que articula influencias de la modernidad con una búsqueda pictórica genuina.
Biografía
Fernando Beorlegui Beguiristain (Campanas, Navarra 1928 - Eibar, Gipuzkoa 2008) nació en el seno de una familia dedicada a la enología. Desde una temprana edad, manifestó una marcada inclinación por la pintura y el dibujo. Sus primeros pasos en el ámbito artístico se sitúan en la adolescencia, cuando acudía a Pamplona para cursar estudios en administración. En la capital navarra tuvo como primer maestro al reconocido pintor costumbrista Javier Ciga. En 1945 se traslada con toda su familia a Estella donde conoce personalmente a Gustavo de Maeztu, y estudia directamente su obra.
En torno a 1950, decidió ampliar sus horizontes artísticos y se trasladó a Madrid. Allí asistió a clases de pintura y dibujo en el estudio de Chicharro y en el Círculo de Bellas Artes, donde perfeccionó su técnica y tuvo acceso a las corrientes artísticas del momento. Durante esta etapa, entró en contacto directo con la obra de otros maestros como Daniel Vázquez Díaz, con el surrealismo de Óscar Domínguez o con la escultura de Alberto Sánchez, referencias fundamentales en su evolución.
Madrid no sólo le proporcionó una sólida formación plástica, sino que le permitió dotarse de un repertorio visual más amplio y rico. Su estudio e indagación en la técnica y estilo de maestros como Gustav Doré, Francisco de Goya o José Gutiérrez Solana, fue clave en el desarrollo de su lenguaje pictórico. A través de ellos, Beorlegui incorporó para sus lienzos y grabados el dramatismo, el contraste lumínico y una visión crítica de la realidad, sentando las bases de su identidad artística.
En 1952 marchó a Logroño, donde regentó un negocio de abastecimiento a bodegas. Allí conoció a un grupo de pintores con los que compartió estudio y en la escuela de Artes y Oficios aprendió a modelar en barro y la técnica de vaciado en escayola con el profesor «Reina».
En 1954, Beorlegui contrajo matrimonio con María Luisa Ereña y se estableció primero en Logroño. En 1958 se trasladó a Eibar. Esta ciudad se convirtió en el epicentro de su madurez artística y de su compromiso con el patrimonio y la enseñanza del arte. En este entorno fabril e industrial, inmerso en una atmósfera de dinamismo y efervescencia cultural, Beorlegui no solo desarrolló el grueso de su producción plástica, sino que desempeñó un papel clave en la construcción de un tejido colectivo en torno a las artes visuales.
Durante los años setenta, Eibar experimentó un notable auge cultural en el que Beorlegui participó activamente. Fue un actor destacable en el proyecto para la puesta en marcha de la Escuela de Deba, contribuyendo con su visión y conocimiento junto a otros artistas de renombre. Posteriormente, como miembro y director de la Sociedad Cultural Arrate, promovió iniciativas para el fomento del arte y la identidad vasca, estableciendo un vínculo entre la tradición y la modernidad. Mientras que su presencia en el «Grupo Gorutz», junto a figuras como Daniel Txopitea, Iñaki Larrañaga y Marino Plaza, reforzó su rol como agente dinamizador del panorama artístico.
En los años ochenta, con una trayectoria plenamente consolidada, Beorlegui inició su faceta más trascendental como maestro y promotor de las artes gráficas. Tras haberse iniciado en el grabado una década antes, asumió un papel determinante en la difusión de distintas técnicas gráficas. Su magisterio se materializó, por ejemplo, en los cursos en la Escuela de la Armería de Eibar. De uno de ellos, junto con otros grabadores y damasquinadores, surgió el grupo Azido Taldea. La colaboración de Pedro Azpiazu fue imprescindible para consolidar la Escuela de Arte Egur en Elgoibar. El apoyo a nuevas generaciones de artistas dejó un legado que trascendió a su obra individual para integrarse en la identidad artística de una época.
Pese a contar con una trayectoria artística que se remonta a los años cincuenta, será en las décadas de los setenta y ochenta cuando Beorlegui alcance la plenitud de su expresión plástica. En estos años, su universo artístico se configura en su máxima complejidad, desbordando el lienzo para generar realidades trasladadas al plano onírico.
Este periodo coincide con un momento de efervescencia cultural en el País Vasco, que sirvió de catalizador para la imaginación y el ingenio de Beorlegui. La riqueza de su obra en esta etapa no solo es producto de su madurez como creador, sino también de las relaciones artísticas y humanas que estableció. Su carisma y su condición de figura ligeramente mayor que sus contemporáneos le permitieron entablar estrecha amistad con artistas como, Jorge Oteiza, Gabriel Ramos Uranga, Juan Luis Mendizabal, Txema Cundín, José Luis Zumeta, Vicente Ameztoy junto a los mencionados del grupo Gorutz. Este círculo de creadores fue clave en el intercambio de ideas y preocupaciones que nutrieron su producción.
Su obra de estos años, cargada de ingenio y humor mordaz, introduce la ironía y la crítica social como elementos esenciales. En sus composiciones, los protagonistas alzan la voz contra el poder establecido, la alienación del trabajo industrial, las problemáticas raciales y la transformación urbanística y ecológica de las pequeñas ciudades vascas, como Eibar, Elgoibar, Durango o Bilbao.
Los años ochenta marcan así la etapa más intensa y trascendental de Beorlegui, en la que su arte se convierte en un reflejo agudo y vibrante de su tiempo, consolidando su legado en la historia cultural del País Vasco.