La exposición dedicada a Giovanni Battista Piranesi permite recorrer la obra de uno de los creadores más influyentes del siglo XVIII, arquitecto formado en el Véneto y grabador en Roma, donde transformó el aguafuerte en instrumento crítico y proyectual. Su biografía revela la fusión entre arqueología e imaginación: Piranesi mide, documenta y clasifica la Antigüedad, pero también la reinventa como arquitectura mental. La muestra se articula a partir de la colección reunida por José Ignacio Olave, un conjunto excepcional que combina series completas, variaciones de estado y ejemplares de gran calidad. Más que un fondo de estampas, la colección constituye un laboratorio piranesiano: cada lámina es imagen, documento técnico y testimonio editorial. Su presencia en Durango ofrece una lectura contemporánea del legado del artista y convierte el museo en un espacio de reflexión sobre la ruina, la historia y el poder de la representación.
Nacido en el Véneto bajo la órbita de la Serenissima, Piranesi se formó en un ambiente en el que la ingeniería, la escenografía y la arquitectura civil se cruzaban constantemente.
Cuando llega a Roma, hacia 1740, como parte del séquito del embajador veneciano Marco Foscarini, Piranesi encuentra un escenario decisivo. Roma era entonces el laboratorio visual de Europa: la capital de la ruina y del Grand Tour.
Durante su primera etapa romana, Piranesi trabaja junto a Giuseppe Vasi (1710-1782), prolífico grabador y maestro en la producción de vistas urbanas. De él aprende la disciplina del taller editorial, la organización del proceso técnico y la lógica de un oficio regido por la precisión. Sin embargo, pronto se aleja de la orientación estrictamente descriptiva de su maestro, demasiado limitada para la amplitud de su proyecto creativo Allí donde Vasi registra, Piranesi interpreta. En esa diferencia se define su originalidad: transforma el grabado en un lenguaje capaz de construir, no sólo de reproducir.
El taller de la Strada Felice, dirigido por Giovanni Battista Piranesi, se consolidó como uno de los centros editoriales más activos de Roma. Su hijo Francesco Piranesi (1758–1810) desempeñó un papel decisivo en la continuidad del taller: perfeccionó los procesos técnicos, amplió la difusión internacional de las series arqueológicas y asumió la dirección de la calcografía familiar tras la muerte de su padre. Junto a él trabajó Laura Piranesi (1755-1785), hija del artista, grabadora de notable talento cuya presencia está documentada en la actividad del taller. Su carrera, sin embargo, quedó abruptamente interrumpida por una muerte temprana, truncando una trayectoria que prometía una aportación singular al legado familiar. La labor conjunta de Francesco y Laura garantizó la transmisión material y cultural de la obra piranesiana, reforzando su influencia más allá del siglo XVIII.
Para Piranesi, la técnica del grabado equivale a una forma de edificación. Su dominio del aguafuerte le permitió combinar precisión arquitectónica y expresividad mediante capas sucesivas de ácido, retoques a punta seca y una compleja construcción de luces y sombras. La línea no dibuja: modela. Las zonas densificadas funcionan como masa y estructura; los claros, como vacíos que articulan el espacio. Cada plancha registra un proceso iterativo: modificaciones, nuevas mordidas y variaciones que confieren a la imagen un carácter casi escultórico. El cobre se convierte en superficie arqueológica donde el tiempo deja huella, y el grabado actúa como arquitectura gráfica que levanta de nuevo la Roma antigua. Esta técnica, descrita por Wilton-Ely y ya advertida por Focillon, revela una concepción material del pensamiento visual: grabar es excavar, construir y proyectar.
Este primer apartado constituye el núcleo simbólico del proyecto. Reúne las obras en las que Piranesi reconstruye Roma como una topografía imaginaria, una ciudad que es al mismo tiempo memoria y proyecto. Las Vedute di Roma, junto con las láminas del Campo Marzio dell’Antica Roma, representan la culminación de esta mirada: no son simples vistas, sino construcciones mentales que proyectan sobre el papel una idea de eternidad y de ruina.
En ellas, la escala monumental y la perspectiva se convierten en instrumentos de pensamiento. La ciudad emerge como un palimpsesto donde el presente barroco y el pasado imperial se confunden. La mirada de Piranesi es arqueológica, pero también poética; científica en su precisión, pero subversiva en su invención. En este bloque, la Roma de los papas y la Roma de los césares coexisten como alegoría de una misma grandeza.
Obras como las vedute del Panteón, el Coliseo, el Foro o el Campidoglio, o los planos imaginarios del Campo Marzio, revelan esta tensión entre el documento y la fantasía. La ciudad se convierte así en un texto, y el grabado, en su lectura posible.
El segundo bloque está dedicado al Piranesi anticuario y arqueólogo. Aquí se agrupan las series Le Antichità Romane, Antichità d’Albano e di Castel Gandolfo, Antichità di Cora y Della Magnificenza ed Architettura de’ Romani, en las que el artista asume la tarea de documentar científicamente los restos de la Antigüedad.
Estas obras demuestran su dominio técnico del levantamiento arquitectónico y su capacidad para traducir la observación directa en discurso gráfico. Piranesi convierte la plancha en un laboratorio de investigación visual, donde el grabado es tanto instrumento de medición como vehículo de interpretación.
En el contexto de la exposición, estas piezas establecen el fundamento empírico sobre el cual se erige el resto del discurso: el conocimiento de la ruina no como objeto melancólico, sino como fuente activa de reconstrucción del pasado. Su método -una combinación de dibujo, medida y fantasía- anticipa la moderna historiografía arquitectónica y convierte la arqueología en un lenguaje visual autónomo.
En este tercer ámbito, el discurso se desplaza de la ruina al símbolo. Piranesi entiende el monumento como expresión política de la memoria, y en sus grabados sobre foros, templos, arcos triunfales o acueductos la arquitectura se convierte en una alegoría del poder.
Este bloque dialoga directamente con la lectura de Delfín Rodríguez sobre la monumentalidad como construcción ideológica. Las imágenes del Arco de Tito, del Foro de Augusto o del Mausoleo de Adriano no son solo registros arqueológicos, sino reflexiones sobre la autoridad del pasado y sobre el modo en que la historia se inscribe en la materia arquitectónica.
El monumento, en Piranesi, es una forma de escritura política: un texto que expresa la continuidad de Roma como centro de poder y de cultura. La monumentalidad, que en la Antigüedad fue imperial, adquiere en el siglo XVIII un sentido crítico: una representación de la duración frente al cambio, del orden frente al caos.
El cuarto apartado presenta al Piranesi teórico, editor y polemista, a través de sus publicaciones textuales y visuales: Lettere di Giustificazione, Osservazioni sopra la Lettre de M. Mariette, Parere sull’Architettura y Della Magnificenza ed Architettura de’ Romani.
En estos textos -acompañados a menudo por láminas grabadas- se desarrolla su defensa apasionada de la arquitectura romana frente a la tradición griega, en una polémica que trasciende lo erudito para convertirse en un manifiesto sobre la libertad creativa. Piranesi reivindica la fantasía del arquitecto como principio constructivo, oponiéndose al racionalismo normativo de los académicos franceses.
La inclusión de estos materiales subraya el carácter intelectual de la exposición: Piranesi no es solo un grabador, sino un pensador que utiliza la imagen y la palabra como instrumentos equivalentes de conocimiento. Su figura encarna la transición entre la erudición ilustrada y la modernidad crítica, anticipando la relación entre texto, imagen y proyecto que marcará la cultura visual del siglo XIX.
El último bloque propone un cierre en clave visionaria. Reúne las obras en las que Piranesi despliega su creatividad como diseñador de objetos, decorador y arquitecto imaginario. Las series Vasi, Candelabri, Cippi, Sarcofagi, Tripodi, Diverse Maniere d’adornare i cammini y las célebres Carceri d’invenzione revelan una imaginación desbordante, donde la arqueología se transforma en invención formal.
Aquí, la decoración se convierte en una forma de pensamiento arquitectónico. Cada fragmento, cada motivo ornamental, es una reflexión sobre la metamorfosis del arte clásico en lenguaje moderno. El ornamento deja de ser adorno para convertirse en estructura: un sistema de variaciones que anuncia la libertad del diseño contemporáneo.
Este bloque, que cierra el recorrido, reinterpreta la figura de Piranesi desde su faceta más experimental, la que conecta con el surrealismo, el neoclasicismo visionario y las vanguardias del siglo XX. En sus cárceles imaginarias, la arquitectura se convierte en metáfora del pensamiento: un espacio donde la razón y el sueño se confunden.